
EL CANON
Este canalla, bandido donde los haya, porta en una cinta acanalada el legendario artificio de la regla y la medida. Su obstinada pulsión lo arrastra hacia sus víctima con la única idea fija de violentar sus proporciones; tal si fuese el Procusto de la leyenda: reduciendo a todos aquellos que rebasan «su justa medida», hasta ajustarlos convenientemente a los moldes de su geometría; o estirando a quienes, contrariamente, no alcanzan a rellenar debidamente el espacio determinado por su moldura. Símbolo, por lo tanto, de la tiránica reducción de todo lo Excepcional a la lúgubre existencia de la uniformidad. Donde todo lo bueno, rodeándose de muchos buenos, festejan sus bondades de buenas obras, deleitándose con la bonanza de sus creaciones: «Demasiada calma chicha para el que gusta de los arrebatos mágicos de la locura».
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LA PIZPIRIGAÑA
No se sabe, ni cómo ni cuándo nos invadió, pero cuánto se sufre esta irritante migraña, perversa donde las haya; borrascosa acumulación de arenosas nubes, que nubosos precipicios conjuraron para precipitarnos hacia ella, tanto, cuando ataca como cuando acecha, donde despliega toda una batería de aguijones sibilinos en contra nuestra. Y es que esta alimaña no descansa, pues, cuanto más cansados aborda a sus víctimas, más oprimen sus ponzoñas: las tales fiebres que la acompañan. En un acto de absurdas villanías que invaden nuestra «orchestra» copulativa, empatía natural de nuestro estado, con el conflictivo estado de un «sóviet» enconado: confusión, delación y represión. Por que todo lo que carga ésta en la talega es «negarlo todo», sin causa o motivo donoso alguno, por un corrompido nihilismo desvergonzado que lo calumnia todo, con el único fin de reinar en el mundo a costa del dolor de los hombres.
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EL ESTRO
Por el espacio de mucho tiempo nada que dar y todo por decir: sólo silencio. Pronto, sin apenas percibir rumor ninguno, un susurro débil recorre con sus ecos sordos el turbulento cauce de los sentidos. Y, uno a uno, penetrando cada poro, el lenguaje difuso de lo desconocido se hace conocido para el sustrato orgánico de la existencia. ¿Poesía? ¿Arte? ¿Belleza? Para entonces, ¿dónde el ser, dónde el mundo, dónde el hombre?, un manantial se hizo único y eterno. Incendio, que provoca en el alma el extravío más amado de la embriaguez creativa. Convirtiendo la vida en un albarino estallido que se nutre de la felicidad de existir; y la belleza, adueñándose de la forma, cubriéndola de un opalino rocío aljofarado de diminutas notas, compone la sinfonía de su flujo interno. La más melódica sintonía que pueda fluir al servicio de la naturaleza: «El Complacido Hechizo de la Eternidad del Fruto».
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El HOMÚNCULO ESCARCHADO
Llovía ceniza por el inmaculado mundo, por cada mácula sufre el mundo, por el cielo nubes de mantecadas dulces. Arreciando la ceniza verde, ennegrecida, y al punto de estremecerse se disolvía: «Entre el híspido cabello de una sirena. Salvaje y fiera como la naturaleza arrolladora de una ola, que destroza el castillo tendido de arena ante su sombra». Y no de tinieblas se oscurecía este mundo, sino del prodigioso hechizo de la fortuna; de esa belleza creadora que se cubre de líquenes, recubriéndolo todo del feliz hallazgo de la existencia. Desde la más minúscula de las humedades, hasta la menor de la mayúscula fuente del universo. Cuando, espectro perverso, una aparición de entre las más gélidas brumas de los indescifrables sueños, engendró de entre los hilos sinuosos de la vida la más trágica luz de la extravagancia. La mediocre esperanza de la probeta: la Eugenesia aplicada a los pueblos.
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EL TORBELLINO
Estremecedor giro vago a un anaquel erguido como parteluz. Fluido vital, desarrollándose por doquier, como arrollado río quebrantado con aparente sentido sin encauce. Unas llevadas, otras: diminutas peonzas magnéticas lidiando, estremecidas, como inquietantes briznas sacudidas bajo el remolino de un tornado repentino. Inmediato pasajero desconocido, viajero infatigable, este portador del delirio colectivo. Sublimidad de los instintos seducidos, «plenum» del paso estrecho hacia el océano de los «hiper-meta-protoprimitivos». Su torbellino, forjó las costras revolucionarias de la historia: ¡sus batallas! Adonde vayas perseguido hacia él, entre sus lazos táctiles capturado, verás arrastrase centrífugas, inocencia homicida, todas las fuerzas devastadoras de lo invisible.
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LUZ DE TINIEBLAS
Su naturaleza es andrógina. Brotó de una vasija de barro en confrontación permanente con las fuerzas del caos. «Ahora sí, ahora no»: su debate constante. Arrobamiento místico que penetra en los misterios insondables del abismo. «Soy la luz, soy la oscuridad»: su palpitante amargura. No existe en dos moradas adyacentes, sino al cabo de una sola: «La Sustancia Oleaginosa». Zarzarrosa de fantasía trepando a través de los bosques tenebrosos de la locura. Anillada de por vida, su presencia cubre el mundo de encrucijadas. Unas: luces; otras: sombras. Amor e ira; bien y mal. Ser arena primitiva.
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EL PEÑEDO
Un muro, una roca, un peñón innegociable. Virginal prenda encastrada acolada a un armazón: por aquí, por allí, sin término sin fin. Quita espantos del pretil. Este expósito cavernícola del destino, se extiende como una carraca petrificando los sueños, que encendidos, resplandecieron allende la oscuridad presa fue de los tiempos. Petulante enemigo de la vanguardia, se fortifica donde los bosques impenetrables son frontera de lo desconocido; acólito del inmovilismo. Así del río hace un glaciar, de su desembocadura una morrena, y de aquella florida rosaleda —la Bauhaus—, el hormigón que cimentó su condena.
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LA BABOSILLA
Inofensiva en apariencia: ¡ojo! es molesta y moscorra. No bien se dice de ella, que su condicionamiento no suele determinar sus méritos. Por eso mismo, con la Babosilla serás profiláctico, temiendo mucho el contacto con su babosería. Habita en los laberintos sinuosos de todo bolsillo presuntuoso: ya sean éstos galácticos o quejumbrosos. Se alimenta de la baba casposa que rezuman estos hoyos, cuando una nieve plateada y corrompida cubre su sotobosque de penumbras. Y son sus rincones albañales, pobres pétalos agostados, reventados todos ellos por un mundo que perciben insoslayable: envidiable sillería que no soporta su verborrea.
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LA CARRAÑA
Entre sales de alumbre, teñida de rojo, crispados sus ojos de ira y enojo, anida esta ponzoñosa calamidad perlados sus labios de llameantes sofocos. Pátina, que reviste el cántaro de la aguadora con las negras sombras de la venganza. Allá donde hacía paz la hermandad del tabernáculo, su tabla extendida, hoy siniestra impera dominadora su sevicia. Imperio asesino el de esta piraña que domina en el orbe; patrona de una compaña de soldaditos de odio, uniformados todos ellos con los viejos galones de la universalidad, que en otros tiempos lucieron tantos conquistadores. Cuando, desde ayer, hoy sólo ganan las guerras los animales que habitan bajo tierra.
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EL HAMBRAZÓN
Este psicopompo, uno de los más dañinos alboreado entre los mortales. Viajero infatigable, es el encargado de conducir el alma de los hambrientos al valle de los muertos. Vive el presente en tiempos diferentes: pues su lengua ponzoñosa, se extiende triunfante donde el pasado germinó, chupando de la hambruna todo futuro floreciente. Para protegerse del Hambrazón, hay que tener un gran valor. Su ubicuidad lo hace impredecible, impermeable e implacable; su notoria desvergüenza lo convierte en una bestia, que impune blandiera los despojos de la tierra: hambre, destrucción y muerte. Erradicar su voraz dominio sobre la historia ha resultado infructuoso, ya que la codicia, la insolidaridad, la tempestad y un pandeísmo egocéntrico, presos de su carne, le rinden Abismos a su brutal estandarte. Huya quien pueda de este azote, que el brote de su saña no diferencia entre el azul y el rojo de nuestra sangre.
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EL ESTROPAJO
Habita en los humedales fangosos de los páramos silvestres. Se alimenta de tiernos garapitos, que captura al acecho con sus zancas de cangrejo. Es muy temido por las lugareñas; pues cuentan antiguas leyendas que, en noches de luna llena, se le oye hacer gárgaras con la luz de las estrellas. Sus gargajos son muy temidos, pues si alcanzan el «cuévano» de una dulce pasiega, la convierten en una loba sedienta. Se han visto ejemplares que pueden alcanzar los tres mil quinientos cincuentaiseis píxeles de altura. Sus costumbres son nocturnas, aunque es posible sorprenderlo entre cascajos al amanecer, mientras goza sexualmente de su insaciable «pedernal».
Agustín Espina




