
Darle forma a un símbolo es bastante complejo en Arte. Al carecer del modelo real representativo del acontecimiento relatado, el artista, se ve obligado a diferenciar entre el culto al instrumento, la realidad del suceso y su significado. Esto, no siempre se logra, pero el reto vale la pena, y no hay método de hacerlo mejor que intentándolo: «El que prueba conoce, el que no prueba no conoce».
Grünewald, artista Alemán del siglo XVI, pintó la obra —para mí una de las mejores—, del Cristo más «patético» y desgarrador que yo haya visto jamás. Otros, siguiendo travesías diferentes optaron por idealizaciones alegóricas que, transcendiendo la experiencia real, buscaban encontrar la solución a través de una mirada más espiritual del acontecimiento histórico representado.
Yo, siguiendo el ejemplo de un río que desembocando en un desierto se seca, me he dejado llevar por una nube pasajera, evaporando todo mi ser en ella, hasta alcanzar la cima de una colina en donde «llovido», la arena del terreno me indicó mi camino.
El juicio final ya no es cosa mía; y las dificultades que entraña pintar con una paleta digital son bastante obvias, pero a la vez apasionantes, para todos aquellos artistas que estamos investigando en esta técnica de vanguardia tan pionera en Arte (todo está por escribir).
La obra original mide: 44 cm x 60 cm; pero podría alcanzar el doble de su tamaño impreso, sin perder calidad.

Agustín Espina


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